El hombre tribal agradeció la buena caza, pero esto
no era suficiente pues su dios estaba muriendo junto con el espíritu de su gente y en su inhóspito
corazón solo estaba presente la agonía, el deseaba elevar su alma hasta el
cielo nublado, pero la lluvia no lo dejaba ya que en sus tierras esta nunca
cesaba.
Un día aquel desvanecido ser tomo la punta de su lanza,
la desato y rompió sus venas, dejando caer sobre su madre la sangre que ella le
había prestado, malherido y casi sin vida, se dio cuenta de que su sacrificio
había sido en vano, en los ultimo segundos de su vida se percato de que nada
volvería a ser como antes y que su muerte no cambiaría nada, entre olor a
tierra mojada y tristeza se despidió de su cuerpo para sufrir con la
naturaleza, ahora sus lagrimas besan los ríos, anhelan a la luna y le hacen en
amor las montañas hasta el día en que
fuera arrancado del vientre, hasta el día en que las estrellas vistieran de
luto.
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